Travesía

07/06/19


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Por Fabricio Farfán 



Me vi una vez, era yo un río, o un arroyuelo, incipiente y cándido, despreocupado e ingenuo.  El bosque ignoto, acogedor y nebuloso fue mi cuna. De un monte salí, haciendo cauce, forjando un riel en la arena, en la tierra y entre piedras para fluir libremente de un lugar más misterioso que el arcano. El sol aún se ocultaba para mí, de entre los ramajes de los erguidos pinos se me veía anegar poco a poco y asiduamente los lugares que más me complacía para seguir mi dirección, (porque yo quería seguir una dirección). 
Todo en mi era perfecto, había llegado al mundo con ciertas propiedades, dos tantos de hidrógeno y uno de oxígeno. Lo primero que hice, como todo muchacho impaciente, fue recorrer lo que había a mi paso, porque yo, no era como muchos de mis hermanos, yo nací para correr y ser libre, nací para ser veloz. ¿Estancarme?, muchas veces, cuando ampulosamente me extendía en algún enorme hueco que se hacía en la tierra, quizá más por pereza momentánea que por imposibilitado.  Quizás, otras veces desanimado por el panorama que encontraba en mi camino. Pero esos momentos de desánimo, cuando me abandonaba a mi estática prisión, me hicieron hincharme desaforadamente, y mi creciente volumen me devolvió el vigor y me hizo inapacible. Escapé, continué. Mi soberbia crecía; yo me desarrollaba. 
Muy pronto descubrí que llevaba vida; peces, reptiles, aves y mamíferos me seguían, o bien, se allanaban con quedarse en uno de los paisajes que había esculpido para ellos, de modo que cuando me fue necesario abrirme paso atosigadamente entre apretujones furibundos y empujones necios, costándome un terrible dolor hacer las curvas que son las huellas de la inenarrable batalla, donde glorioso, y espumando majestuosamente declaraba mi victoria ante las circunstancias, se instalaron ciertas especies demandando el cuadro para ellos, satisfaciendo ciertas necesites suyas que prontamente me vi resuelto a proporcionar sin pensar siquiera si debí hacerlo. Otras veces, donde la tierra se portaba dócil conmigo, y me dejaba llevar con aplomo y dominio absoluto sobre ella, gobernaban otros animales, mas grandes todavía, con tendencias violentas y temibles, como los cocodrilos o las anacondas. 
Cierto es que para esos menesteres había llegado ya cansado y, por que no, triste. La batalla contra la enhiesta roca donde impuse mi descendencia, había dejado en mí evidentes huellas. Por eso cuando me dejaba llevar sosegadamente por el ligero viento, en esos, los lugares tranquilos que he descrito, andaba siempre a paso lento, casi inanimado, parecía inocuo y afable. Pero estar tranquilo y estar a gusto no es la misma cosa, en esos lugares había más sombra que sol,  la putrefacción de los cadáveres que dejaban los asesinos que me circundaban me asfixiaban con su pestilencia. Mis aguas, donde antes fueron límpidas, diáfanas, ahora se veían ennegrecidas, y aunque la tierra que había arrastrado mi agua turbia se había sentado ya, me era imposible verme en el fondo, porque la inmovilidad había enmohecido mi asiento. La luz ya no reflejaba para mis adentros, estaba más muerto que vivo, pero seguía llevando la vida. 
Fue tal vez la acumulación de la ira, o la acicateada lluvia lo que me impulsó a peludear en el mundo, y cambiar mis mustios lamentos por refunfuñones y gritos de protesta. Y avivó mi furia. Recorrí ávidamente lo que antes me pareció inhabitable, y seguí pasando sombras, multitudes, sol y calor, y cuando menos pensé, ya era un viejo,  mi camino no fue ya un camino, sino un si fin de esteros que anduvieron por do el mundo permitía.  Aquellos peñascos que cedieron a mi paso, dejándome caer magnánimamente, imponentemente en una imagen regia, acicalando cuanto a mi paso había, dominando altivamente y reclamando mis terrenos, me habían dominado ya a mí. Me descubrí triste, casi mudo, y mi cauce estaba enfermo. Y pude ver lo que había al final de mi camino: una muda tranquilidad que me llevaba a las aguas infinitas. Quise regresar, pero no podía, mi vida había sido siempre hacia delante, para uno u otro lado, pero siempre hacia delante, yo no podía vivir para atrás, por otro lado, no había forma de borrar mis huellas. Fue entonces cuando me di cuenta que cuanto había vivido vivía aún en mí, como cicatriz o como herida, me di cuenta que las aguas, impecables, con que había empezado a correr, no eran otras sino las mismas aguas, todas revolcadas.  Estaba cansado, y estaba enfermo. Cavilaba y cuestionaba mis métodos y mi natura, sobre todo cuando me entristecía, mis aguas perdían fuerza, y cuando me fortalecía era o por estar lleno de júbilo, o por crepitar en furia. 
Pero pronto la magnificencia que me distinguía se convertiría en un exánime conducto de agua. Pero por lo menos, el camino había dejado.
No fue un ensueño, sólo mi imaginación, sólo una ilusión. Y con ello pude redimir un poco mi conciencia, entender mi cansancio físico, mis enfermedades crónicas, mi camino quieto y embrolloso, mi camino atribulado y apacible, y pude comprender mis aguas grises, sucias y salitrosas…


Fabricio Farfán
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